“Llama a un fotógrafo”
Es un fenómeno que observo cada vez más a menudo.
Con casi 25 años de experiencia en la docencia fotográfica no lo había visto nunca, hasta hace unos pocos años en que el fenómeno, más allá de la pura anécdota, se va normalizando.
Siempre se ha dicho que la ignorancia es atrevida. Si a esto le añadimos aforismos del tipo “si quieres puedes”, “cada uno puede hacer lo que quiera” o el fatídico “a mí me gusta así” y similares, a esto le ponemos unas dosis de egolatría epidémica y, sobre todo, un creciente culto a la ignorancia – porque la tecnología ya lo resolverá – pues ya lo tenemos.
Un profesor mío decía que no hay que perder tiempo con el que “no sabe y no sabe que no sabe”. Yo, como docente, no estoy muy de acuerdo, pero está claro que este perfil es, en gran parte, el origen de lo que planteo.
¿Dónde quiero llegar?
Empezaremos con un ejemplo: persona en un curso básico de fotografía, cámara sencilla ¿Conocimientos? Prácticamente cero, más allá de poner en marcha la cámara, pulsar un botón en modo “Auto” y obtener una imagen (que no hacer una fotografía) habitualmente mediocre ¿Referentes? Ninguno. Es el perfil habitual, una persona que no sabe y quiere aprender. Perfecto. Suele ser el perfil de alumno con más ganas y más agradecido.
El tema viene cuando esta persona, tras dos sesiones introductorias básicas, viene y te dice “Este fin de semana me he comprometido a hacer las fotos de una boda ¿Qué tengo que hacer para que me salgan bien?” Una situación real (y literal) que, además, no es un caso aislado y tiene varias versiones. La respuesta es siempre la misma “llama a un fotógrafo” con toda la sorna de que soy capaz (los que me conocéis sabéis que es mucha).
Este ejemplo tiene variantes: “tengo un encargo para una inmobiliaria ¿Cómo tengo que hacer las fotos?” (no tiene ni trípode), “estoy trabajando para una entidad X y les hago las fotografías…” Recordad de qué perfil hablo: conocimientos de fotografía literalmente cero.
Uno de los factores es la tecnofilia que nos invade: la máquina lo hará todo, la IA me dará todas las respuestas… Y esto es muy peligroso cuando no tenemos criterio para evaluar si lo que hace la máquina es correcto (más no que sí) o si lo que nos dice la IA es verdad (actualmente a menudo no lo es).
A parte de los contenidos técnicos, hay una clase en los cursos básicos que imparto que es muy significativa y que los alumnos disfrutan mucho, y es la última sesión en la que los alumnos aportan imágenes a la clase para comentarlas. Más allá de que siempre aparece alguna cosa interesante, lo que se hace evidente es que, por un lado, el público en general no sabe ver y analizar una imagen, ni tan solo a nivel formal, que sería lo más básico (exposición / composición) y, por otro lado, la gente suele ser muy poco exigente consigo misma, siempre hay un “es que…” que disculpa el error más flagrante.
Y volvemos al tema, esto estaría muy bien (cada uno lo disfruta a su manera) si hablamos de una fotografía personal sin más pretensiones, pero cuando nos atrevemos a invadir un terreno, el profesional, que nos viene manifiestamente grande por conocimientos (en el mejor de los casos muy básicos), material (si, el material es importante) y dinámica de trabajo (“Workflow” para los modernillos) entramos en un terreno que debería hacernos reflexionar.
La fotografía es un oficio muy infravalorado, maltratado incluso. Y el problema tiene dos vertientes, el atrevimiento y la ignorancia del emisor de las imágenes (cualquiera se atreve) y, a menudo, el total analfabetismo visual del receptor de estas imágenes, en un mundo en que un profesional que cobra por hacer bien hecho un trabajo es alguien que me “quiere tomar el pelo” o simplemente “quiere mi dinero”. Por poner un ejemplo, valoremos en cuantos ayuntamientos se documentan actos importantes para la población (festejos etc.) con las fotografías de algún vecino “atrevido” que no puede aportar mucho más que buena voluntad (y una “buena cámara”), con un resultado a menudo (casi siempre) mediocre para conformar lo que será el archivo histórico de la población…
Esto se puede hacer extensivo a muchos oficios, sobre todo los creativos (un abrazo a los compañeros diseñadores), pero yo tengo la suerte de ser fotógrafo – algo que, como decía un conocido “no es ni un hobby ni un oficio, es una condición” – y tengo un profundo respeto por la fotografía. Y me sabe muy mal esta degradación social a la que la ignorancia la somete.
Y luchar contra la ignorancia y la autocomplacencia asociada es muy difícil; la única manera es, desde la docencia, enseñar y, por tanto, hacer ver hasta qué punto puede ser complicado hacer una fotografía formalmente decente, que es el mínimo que se le puede exigir a un profesional.
El tema “una buena fotografía” lo dejaríamos para otro momento.













